Una lluvia en la mañana estaba en el cielo de Medellín, los estudiantes y maestros, en compañía de directivas y la participación de padres de familia, colocaban sus miradas al norte en las montañas de Girardota, pero cuando los estudiantes de la Institución Educativa Octavio Calderón Mejía llegaron al centro recreativo de Comfama, el agua no dejaba de caer, pero la energía por divertirse estaba encendida, desde el primer instante, la emoción se reflejaba en sus sonrisas y en las miradas curiosas que buscaban descubrir todo lo que este día prometía.

Las directivas, junto a los maestros y directores de grupo, acompañaban atentos, convencidos de que la educación no solo se construye en los centros de aprendizaje, sino también en los espacios donde el juego, la convivencia y el compartir se convierten en auténticas lecciones de vida. Los padres de familia, con orgullo y ternura, caminaban al lado de sus hijos, seguros de que estar presentes en estas experiencias que fortalecen los lazos familiares y da confianza para enfrentar la vida académica.

Pronto, el bullicio se trasladó a la piscina. Allí los estudiantes reían, se lanzaban agua y saltaban sin miedo, recordándonos que “cada instante de alegría también educa el corazón”. El agua, fresca y clara, se convirtió en un espejo de la vitalidad de los jóvenes que entienden que crecer no es dejar de jugar, sino aprender jugando, que reír es bueno para la salud y el alma, nos da fuerzas y forja una luz de esperanza.

Más adelante, los grupos se dispersaron entre los juegos mecánicos, los botes en el lago, los partidos de fútbol y los juegos de mesa. Cada actividad reunía a los niños y jóvenes en un ambiente donde la competencia sana, el respeto y la cooperación eran los verdaderos ganadores. En la finca de animales, los espectadores se maravillaban al acariciar el pony, jugar con la llama y alimentarla entregándole una zanahoria, mirar con ternura los conejos, ver las cabras y los minipig, comprendiendo que “respetar la vida en todas sus formas es también parte de nuestra formación integral”.

Al mediodía, llego la hora de los alimentos, que desempacaron de sus morrales o fueron a comprar y comenzó el compartir de una fruta, del jugo o gaseosa que la mami o el papi les dio, pero lo más valioso fue la posibilidad de compartir palabras, risas y abrazos. “La mesa no solo se llena de comida, también de afecto”, comentaba un maestro mientras animaba a sus estudiantes a valorar esos gestos sencillos que hacen grande la vida.

Entre caminatas por los senderos ecológicos, maestros buscando donde están sus muchachos, maestros con lecturas de libros a la sombra de un kiosco, conversaciones sobre sueños y proyectos, el compartir de helados, la toma de un café o de un tinto y momentos de descanso sobre el césped, se fue tejiendo la certeza de que la escuela no es solo un lugar de clases, sino un espacio para crecer como personas, en comunidad y con esperanza.

Al caer la tarde, salió el sol, nadie se quería venir, sus rostros más se iluminaban, mientras algunos aún disfrutaban del fútbol y otros descansaban después de tantas emociones. Las directivas recordaron una enseñanza que resonó en todos: “Hoy no solo disfrutamos de un día recreativo; hoy confirmamos que la verdadera educación integra la mente, el cuerpo y el corazón. Educar es acompañar, confiar y sembrar alegría para el futuro.”

Así concluyó la jornada del 17 de septiembre en Comfama Girardota, con rostros de alegría, de cansancio y felicidad, maestros buscando el dueño de una sudadera o camiseta que quizás un estudiante dejo en el piso porque el seguro estaba jugando pero que se gozó el día, con directores de grupo organizando sus muchachos para completar el bus y poder dirigirse al colegio, porque todos son importantes y cuando uno falta, se nota el vacío; con padres agradecidos, maestros inspirados y estudiantes convencidos de que aprender, compartir y sonreír hacen parte de la misma aventura: la vida escolar como camino de crecimiento humano y académico.
Este día también dejó clara la importancia del diálogo entre todos los integrantes de la comunidad educativa. Hablar, escucharse y comprenderse es el primer paso para construir acuerdos y fortalecer el sentido de pertenencia. Cuando los padres apoyan lo que se hace en la escuela, cuando los estudiantes valoran a sus maestros y cuando todos hablamos bien de la institución, se cultiva un orgullo colectivo que impulsa a crecer y a soñar en grande.

Porque la escuela se construye entre todos: con palabras que animan, con acciones que suman y con la certeza de que juntos podemos forjar un futuro mejor, sabemos que existen a nuestro alrededor grandes problemas sociales como por ejemplo la drogadicción y las violencias, problemas personales como la ansiedad, el estrés, la depresión, entre otras, pero usando un lenguaje que no juzgue ni señale, sino que acompañe, inspire y de esperanza, podemos transformar y sanar. Educar es encender una luz, donde solo hay oscuridad, se trata de enseñar que siempre hay un camino para la verdad, para el respeto y la posibilidad, es la hora de los valores, de la formación en proyectos de vida donde la familia es el principal actor y acompañante, que con ejemplo y la palabra alienta a sus integrantes, es el momento de la escuela para enseñar, para la formación del pensamiento crítico y reflexivo, para aprender a vivir y soñar un mejor futuro, donde ser el mejor es un estilo de vida.
Willinton de Jesús Correa

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